-Joaco, vamos a lo de tu amigo, ¿tenés medias sanas?
-No.
-¿Tienen agujeros?
-Sí.
-¿A ver? -digo y le miro los pies.
-No, mentira, je. Están bien. Sos muy ingenua.
Señorita Li
Un ejercicio de constancia.
viernes, 17 de mayo de 2013
viernes, 26 de abril de 2013
Palabra
Caminando por mi barrio veo una vieja detrás de una reja escuchando a dos testigos de Jeovah. "Esa es la promesa" le dicen. La señora mira con ojos pantanosos. Hay que decirle "promesa" a un viejo, eh.
miércoles, 24 de abril de 2013
Vagabunda*
Es de noche. Raramente escribo a estas horas. Mi hijo y mi
marido duermen y en la casa flota un silencio oscuro. Necesitaba este momento. Lo
necesitaba tanto que me sobrepongo al cansancio del día y me siento a escribir.
Cierta escritura y ciertos viajes –dos formas de lo mismo- logran que cuerpo
y cabeza vuelvan a ser la misma cosa.
La última vez que viajé así –a solas, a oscuras- fue hace poco
más de un año, cuando fui para El Mercurio a una isla llamada San Alonso; un
faldón de tierra que pertenece a Douglas Tompkins (millonario, gringo,
ecologista radical) y una reserva de 55 mil hectáreas donde abundan los pastos,
el agua y los animales silvestres. Luego de ese viaje fui –también por trabajo-
a muchos otros lugares, pero en ninguno de esos destinos pude sentir la noche
larga y libre que vivimos las mujeres cuando logramos alejarnos de todo.
Hice, aquella vez, un bolso pequeño. Metí unas zapatillas, una
muda de ropa, un secador de cabello –oh, estupidez- y un libro que tenía por
empezar en mi mesa de noche. Se llamaba Vagabundas,
era de la escritora Fernanda García Lao y contaba la historia de una mujer –Eusebia
Escobar- que tras una vida entera anclada junto a su marido y su hijo en un
hotel balneario y desolado, había decidido escapar en la avioneta de un huésped
francés.
Puse en mi bolso, pues, y sin saberlo, un tratado sobre la
huída y la errancia. Luego partí.
Para llegar a la isla había que hacer una hora de avión,
cuatro de camioneta, una de lancha por los Esteros del Iberá –en la mesopotamia
argentina- y veinte minutos de tractor. Salí a primera hora de la mañana pero llegué
al lugar a las cinco de la tarde. San Alonso consistía en una posada pequeña y
rústica, con espacio para ocho pasajeros y ubicada en un terreno donde sólo había
carpinchos, ciervos de la laguna, interminables tipos de ave, varias decenas de
vacas y seis caballos. Apenas bajé del tractor fui a mi habitación. Era un
cuarto fresco y de cortinas cerradas donde la luz se pronunciaba en susurros. Dejé
mi bolso y me tiré sobre la cama y accioné el interruptor del velador de noche.
No encendió. En la isla –supe- no había corriente eléctrica, ni radio, ni
televisor, ni conexión a Internet, ni señal de móvil. Sólo había un teléfono de
línea en el comedor de los Rojas –los caseros-, al que se accedía en caso de
infarto, o sea: para decir “me muero”.
Al principio sentí encierro y angustia. Pero luego supuse que,
quizás, ese aislamiento fuera la condición fundamental para empezar a ser
libre. Con cierta ceremonia me puse de pie, abrí las cortinas, desempaqué el
bolso y sólo dejé intacto el secador de cabello, síntesis y emblema de mi delirante
urbanidad. Luego miré la ventana. Unas gotas suaves –una lluvia breve- caían
sobre un puñado de hortensias. Ése era el ritmo de la tarde. Salí a la galería
de la estancia y me senté a leer. Estaba sola. Tomé el libro Vagabundas y lo terminé en seis horas. No
salí a caminar ni a ninguna otra parte. Mientras bajaba el sol y caía la noche,
me interné en la vida de Eusebia –la mujer que huyó en avioneta- y me dormí
abrazada al libro.
A la mañana siguiente desayuné de cara al parque que rodeaba
la estancia. Los pájaros gritaban con nervio, pero todo lo demás era quietud. A
lo lejos, sin destino preciso, deambulaba una de las
niñas del matrimonio Rojas. Se llamaba Graciela, llevaba ropas fucsias y, vista
desde la distancia, parecía un pétalo suelto y empujado por un viento inestable.
Graciela se aburría entre las hortensias. O entre cualquier otra flor. ¿Querría
escapar de la isla? No se es mujer si no se sueña, alguna vez, con escapar.
Este día, tras el desayuno, me entregué golosamente al paisaje.
Caminé, remé, cabalgué, me perdí en un bosque de árboles silvestres y crucé unos
pastizales altos y ambarinos. Dormí una siesta, hice yoga, comí, leí. Desaparecí
hasta encontrarme con este cuerpo que es mío. No extrañé a nadie. Ni a mi
marido ni a mi hijo ni mi casa ni la luz eléctrica. No extrañé todo lo demás
que soy. Escribí un cuento. Anoté ideas para una novela. Y supe –sé- que las
mujeres libres somos un peligro vivo.
Luego pasaron las horas, pasó el agua, pasaron los caminos,
pasó el cielo y volví a estar, finalmente, en mi ciudad de siempre. Pero desde
entonces, cuando llegan noches como ésta –en las que estoy sola y a oscuras- noto
que dentro de mí queda un germen temible. Y que tiene alas.
* Publicado en revista Ya, del diario chileno El Mercurio
jueves, 11 de abril de 2013
El barrio y el viento
En pleno furor papal, en la revista Domingo del diario El Mercurio me pidieron que escribiera sobre "el barrio de Francisco". Que es también mi barrio. Esto es lo que pude decir.
Crecí en Flores, ahora conocido como «el barrio del Papa». Pasé ahí mi infancia y mi adolescencia, hasta que al
cumplir la mayoría de edad me fui a vivir sola al Centro de Buenos Aires. Tenía
varias razones para irme, pero una era ésta: vivir en Flores –en el límite
oeste de la capital- significaba estar lejos de casi todas partes. Pasar tus
días en aquel barrio, en ese entonces, cuando Jorge Bergoglio no era el Papa
Francisco sino el arzobispo coadjuntor de la Ciudad de Buenos aires, era estar siempre apartado
del mundo. Flores no era el enclave suburbano que había sido en sus inicios (el
barrio nació a mediados del siglo XIX como una zona de quintas a la que iba a
descansar la clase acomodada de Buenos Aires), pero era un territorio que, de
cara al crecimiento exponencial de la ciudad, había logrado mantener un sello
periférico.
Y la periferia no es algo que se
busque en la infancia y en la juventud. Pero es algo que, a veces, reclama su
lugar en la adultez. Volví a Flores en el año 2007, con mi marido y mi hijo,
buscando un intercambio que nos resultara justo. Estábamos dispuestos a perder
cercanía, siempre y cuando ganáramos paz. Dimos el paso. Flores era un barrio
con casas –como la nuestra-, con la posibilidad del pasto –como el nuestro- y
con vecinos a los que era posible conocer por el nombre.
Fuimos felices allí durante seis
años. Todavía lo somos. Sin embargo, desde que llegamos la vida apacible de
Flores lentamente empezó a contraerse y a dejar lugar a la furia urbana y a los
dolores sociales. La calle Ramón Falcón –donde vivo, y una de las vías que
delimitan la Basílica
de San José de Flores, en la que el Papa Francisco recibió el llamado de su
vocación- se llenó de prostitutas obligadas a un ritmo incansable, veinticuatro
horas al día, a veces a la vista de los cientos de niños que, como mi hijo,
caminan por Falcón para llegar a la escuela. Los dueños de muchas casas
murieron y dejaron sus inmuebles en una deriva que fue aprovechada por manojos
de buscavidas que ocuparon los espacios de un modo ilegal. Y el olor de las
aceras, conforme uno se va acercando a la Basílica de San José, se
vuelve una viborilla ácida: allí están los orines de los cientos de expulsados
del sistema que van a la Secretaría
Parroquial a buscar su plato de comida dos veces al día.
Por todo esto, cuando los vecinos de
Flores leemos que el barrio será un epicentro turístico («El turismo religioso
aumenta en Argentina por ‘el efecto Papa'» dice El País de España; «Haremos el
tour del Papa» dice el área de Cultos de la Ciudad de Buenos Aires, «Paquete de peregrinaje
del Papa Francisco» promete un hotel del Centro) lo primero que surge es una
mueca incrédula y amarga, pero también –en el fondo- expectante. Quizás el Papa
le dé visibilidad al barrio y, de la mano de los tours, le devuelva a la zona
la belleza que se va apagando. Quizás ese sea, para nosotros, el milagro
posible.
Pero por ahora miramos de costado.
Tratamos de ver qué tiene «el barrio del Papa» para mostrarle al mundo.
*
Son las ocho de la mañana del
miércoles 27 de marzo y dejo a mi niño en la escuela. El edificio está sobre la
misma calle en la que nació y creció Bergoglio. De un tiempo a esta parte, dar
vueltas por el barrio significa hacer este tipo de cálculos. Siempre se está
cerca de un espacio por el que en alguno de sus 76 años de vida pasó el Papa. Hay
quienes incluso saben hacer dinero con eso. El Rooney’s Boutique Hotel (en el
centro porteño) cobra casi 800 dólares por un combo turístico que incluye
–entre otras cosas- una visita «al barrio obrero de Flores» y «un paseo por las
villas miseria de la capital a las que Bergoglio solía visitar con frecuencia
en su papel de arzobispo».
El Gobierno de la Ciudad también está planificando
recorridos, aunque el circuito será gratuito y el planteo –espero- será menos
canalla. Flores, por tramos, es –contra lo que diga cualquier hotel boutique-
mucho más que un barrio obrero y miserable. Sólo es cuestión de caminar.
Antes de volver a casa voy hasta
Membrillar 531: el hogar donde Bergoglio nació y vivió hasta los catorce años. La
mañana avanza. La gente saca a pasear a sus perros. El sol se filtra entre las
copas de los tilos –en primavera y verano el perfume de los árboles bulle con
fuerza- y lentamente empiezan a crecer los golpeteos de las obras en
construcción.
Con la llegada del subte al barrio
(el subte Línea A, que une Flores con el Arzobispado de Buenos Aires y que era
tomado por Bergoglio: hay fotos suyas en los vagones), llegó también
la especulación inmobiliaria. Algunas calles de la zona están brotadas de
edificios en ciernes. El caserón de la calle Segurola donde creció mi amiga Gabriela
Comte –hoy editora de Alfaguara- y durante décadas funcionó el tradicional bar La Subasta , hoy está
transformado en un –así los llaman- «edificio de categoría». En diagonal a mi
casa había un complejo de canchas de paddle que dos años atrás fue demolido y convertido
en una torre de departamentos que se inaugurará a fin de año. Todo, en fin,
está siendo arrasado para dar lugar a desmedidas construcciones que llenan el
barrio de preguntas: sin tendido eléctrico ni red cloacal que acompañen este
auge, nadie sabe qué pasará cuando los edificios empiecen a funcionar a tope.
Por lo pronto, el reducto de Flores en el que nació y
pasó su infancia el Papa Francisco –ubicado entre la avenida Directorio y la
autopista 25 de Mayo- es uno de los pocos de la zona que, hasta el momento, se
salvan de los edificios. Se trata de una franja de casas cuidadas que están
lejos de
Estas cuadras fueron recorridas
durante días por una procesión de medios y ciudadanos que venían de todo
el mundo para mostrar y conocer «la casa del Papa». En rigor, la construcción –que
podría ser declarada «sitio histórico» en un futuro inmediato- tiene una
notable falta de ángel. Hay un amplio balcón sin adornos ni plantas, una
entrada de garage, una ventana y un ingreso principal. Todo, además, está
cubierto por rejas.
Las rejas son una marca común a todo
el barrio. Flores –puntualmente este enclave de manzanas tan bonitas- está
ubicado en el medio de dos puntos conflictivos de la zona. Hacia el norte
–frente a la
Basílica de San José- está la plaza Flores, a la que llega
una infinidad de colectivos de toda la ciudad trayendo trabajadores, pero
también gente que viene a la zona con otros fines. Desde Plaza Flores, a su
vez, salen ómnibus en dirección a la villa del Bajo Flores, donde –entre otras actividades-
se distribuye parte de la droga que circula por la capital. La villa del Bajo
Flores queda a un kilómetro de la casa de infancia del Papa. Y eso hace que las
construcciones de esa franja –en la margen sur del barrio- sean hermosas, pero formen
parte de un corredor complicado que obliga a parapetarse tras las rejas.
Detrás de las rejas de Membrillar
531, pegadas a las celosías de una persiana de madera, hay dos afiches en papel
A4. Uno muestra el rostro de Francisco y otro tiene un mensaje: «Por favor, las
ofrendas u homenajes que se efectúen en honor al Santo Padre Francisco dejarlas
en la Parroquia Santa
Francisca Javier Cabrini». Algunos dejan sus votos acá cerca, a cincuenta
metros de la casa, en una parroquia pequeña que se pierde entre las casas del
barrio. Y otros los dejan en la Basílica San
José de Flores, que queda a ocho cuadras de distancia.
En el medio de ese crecimiento se
levantó la Basílica ,
que fue inaugurada en 1883. La iglesia es una construcción imponente y sombría,
ubicada de cara a la Plaza Flores.
Para llegar hasta allí desde la que fuera la casa del Papa sólo hay que cruzar
la plaza Herminia Brumana -un rectángulo insignificante con muy pocos juegos,
en los que dicen que jugaba al fútbol Bergoglio-, tomar la calle Varela (en el
358 está la escuela estatal Antonio Cerviño, donde Bergoglio cursó la primaria)
y doblar por Falcón, una de las calles que delimitan la Basílica.
Camino. La acera está llena de hojas
de otoño y el sol todavía está bajo: lastima los ojos como una agujilla fina que
despunta el día. En la parte trasera de la iglesia, sobre Falcón, hay varias
decenas de personas esperando ingresar para tener su desayuno. Son desclasados,
lúmpenes; gente caída en los abismos de una pobreza irreversible. «Vengan a mí
todos los que están cansados y agobiados» dice un afiche pegado a la Basílica. Y todos van.
Bergoglio –aún en las últimas
décadas, cuando vivía en el Arzobispado porteño- conocía este mundo. No sólo
porque creció acá, sino porque a lo largo de los años fue viendo –mediante las
visitas- cómo el barrio había ganado la forma del dolor social. Por eso, se
puede pensar, y no sólo por haber pasado aquí la infancia, venía Bergoglio a Flores.
En general llegaba hasta aquí en subte -en unas hermosas formaciones de 1930
que acaban de ser reemplazadas por vagones más seguros y eficaces- y hacía sus
escalas en distintas áreas del barrio. Una de ellas era el Parque Avellaneda,
una zona popular y lindera a Flores donde trabaja la Fundación La Alameda, una
organización no gubernamental dedicada a combatir el trabajo esclavo. Y la otra
era la Basílica.
Rodeo la iglesia caminando por el
pasaje Salala, una de las peatonales que contornean el edificio. El paseo hasta
llegar al frontis, ubicado en la avenida Rivadavia, sucede en dos planos. Por
un lado está la prolijidad del suelo de adoquines recién baldeados. Y por otro
está el olor. Si bien todo fue limpiado muy temprano en la mañana, de los
rincones del suelo mana el olor ácido de las descargas humanas de los últimos ya
no días: años. Me pongo un pañuelo en la nariz y apuro el paso. Hasta que llego
finalmente a Rivadavia.
Aquí, de frente a la avenida, están
el bullicio del tránsito, los ómnibus, los taxis, el apuro, las palomas
frenéticas picoteando panes hundidos en charcos de agua inmunda. Pero adentro –una
vez que se ingresa a la
Basílica- lo que sobreviene es una larga y necesaria calma. Algunas
personas circulan y se detienen ante las imágenes de la Virgen , de los Santos y de
Cristo. Otras se hincan para rezar. Y otras se arrodillan en algún confesionario
y hablan del mismo modo en que, a los veintiún años, habrá hablado Bergoglio.
Fue en uno de estos cubículos donde el Papa conversó con un cura y decidió
hacerse sacerdote. El lugar rezuma silencio y paz. Una mujer le habla en
murmullos a San Cayetano. Otra abre una Biblia y reza. Cinco ancianas siguen a
esta última mujer en su oración. Una de ellas se recorre el rostro, los hombros
y el pecho con las manos, pero no se toca a sí misma: parece acariciar una
presencia.
Miro todo de pie, inmóvil. Y
recuerdo esa frase de Thom Yorke: «Hay que
construir vacíos en la vida. Pausas. Pausas reales». Quizás este lugar
sirva también para eso.
Salgo de la Basílica y quedo de cara a la
Plaza San José. Algunos meses atrás –antes
de la noticia del Papa- la plaza fue «puesta en valor» por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, por
lo que se la ve cuidada, pletórica de árboles, limpia. Son las nueve de la
mañana y por la plaza caminan los obreros con sus bolsos. Bajan de la estación
de tren de Flores y apuran el paso rumbo a sus trabajos. Aunque hay en la plaza
una boca de subterráneo, nadie circula por ella. La boca está clausurada y
junta mugre. La estación de subte todavía no está habilitada por pujas
políticas entre el Gobierno de la
Ciudad y el Gobierno Nacional, de tendencias partidarias
opuestas. En el medio de todo esto está la gente. Y la gente viaja como puede. En
septiembre de 2011, doce meses antes de la ya famosa tragedia de Once –en la
que murieron 52 personas en un accidente de tren- sucedió a dos cuadras de esta
plaza lo que ahora se entiende como un anticipo de ese desastre ulterior. Cansado
de una barrera que no se levantaba nunca (uno de los problemas de tránsito más
insoportables del barrio) un colectivero de la línea 92, a la cabeza de una unidad
desbordante de gente que llegaba tarde a sus trabajos, burló la valla, cruzó la
vía del tren y provocó una catástrofe. Murieron once personas y hubo más de
doscientos heridos. Fue a las seis y media de la mañana: hora de trabajar.
*
Un rato después, a las diez de la
mañana, la gente ya está en sus tareas y la plaza empieza a bajar el pulso. Busco
un bar donde desayunar. En Flores no hay boliches modernos ni restós con esa
chispa vintage de Palermo. Lo más parecido a eso es La Farmacia -un bodegón
antiguo y restaurado en Directorio y Lautaro, a cinco cuadras de la antigua casa
del Papa- y son los bistrós pequeños ubicados frente a la bella Plaza Irlanda,
casi en el límite con el barrio de Caballito. Pero en el centro de Flores no
hay, exactamente, magia creativa. Sólo hay bares de gallegos que crecieron en
la década de 1990 y que saben hacer las cosas sin garbo pero con eficiencia. El
café sabe a café, la pizza sabe a pizza, y así con todo. Eso a veces alcanza.
Los bares quedan dentro de la franja
comercial del barrio: quinientos metros delimitados hacia el oeste por la Plaza y hacia el este por la
avenida Carabobo, otra de las arterias más importantes de Flores. Termino un
café y camino hasta la avenida. Días atrás, el gobierno de la ciudad propuso
que Carabobo pasara a llamarse, en breve, Avenida Papa Francisco. Y dijo que si
no era Carabobo pues entonces podía ser Membrillar. De todas formas, a todos pareció
darles igual una cosa que otra. Desde el pasado 13 de marzo de 2013 –cuando
Bergoglio fue proclamado Sumo Pontífice- un viento de conformismo y fe empezó a
ganar los ánimos de muchos argentinos. Si bien sólo el 25 por ciento de la
población nacional asiste a ceremonias religiosas, un aire devoto recorre las
calles con euforia.
Mientras miro la avenida Carabobo y
trato de imaginar cómo será el futuro, recuerdo –a propósito de todo esto- el
libro El viento que arrasa; una
novela extraordinaria de una narradora argentina llamada Selva Almada en la que
se cuenta la historia de un pastor que viaja por el interior del país y en la
que se habla de la fe de un modo agudo y vibrante. «Ustedes ya tienen un padre
y ese padre es Dios. Ustedes ya tienen un amigo y ese amigo es Cristo. Todo lo
demás son palabras. Palabras que se lleva el viento» dice el libro en uno de
sus tramos.miércoles, 10 de abril de 2013
Soplido
Ruge el viento húmedo y lo escucho, quieta, como a un animal prehistórico que recién despierta.
miércoles, 3 de abril de 2013
Sin red
Mi escritorio está en un primer piso y tiene un balcón. Y cada
vez que subía a trabajar, desde hace meses, me detenía a mirar una tela de
araña que estaba tendida entre dos de los barrotes del balcón de marras. Por
una razón que jamás me expliqué –o más bien: que jamás me detuve a pensar-
nunca quise quitar esa tela. Me fascinaba ver cómo se fortalecía la red, cómo
esa tela de araña era la trama, al fin y al cabo, de una larga paciencia. Una
vez incluso vi la araña –mínima- y sentí un respeto religioso por ella. Por ese
mundo solitario y tenaz, pero sobre todo inexplicable, que tejía ese bicho ante
mis ojos.
Pienso en esto ahora, después del diluvio, cuando subo a mi
escritorio y veo que la tela de araña no está más. El agua barrio con ella,
como barrió con tantas otras cosas. Y por primera vez después de veinticuatro
horas de locura –de goteras, agua, mareas domésticas, papeles mojados, miedo:
miedo a la próxima lluvia-, por primera vez después del caos, decía, me siento en
mi silla, llena de supersticiones y de rezos al cielo, y pienso en mi
araña con amargura en el pecho; como si la vida entera que habita en todas las
cosas se hubiera escurrido por un tubo cloacal.
viernes, 8 de marzo de 2013
Oscar Camilión, para revista Brando (2009) *
Con esta nariz grande, roma, puesta en la cara como un bollo de pasta abandonado en el plato, Oscar Camilión es capaz de oler algunas cosas. Los conflictos, por ejemplo: no existe guerra que no se anuncie antes en los diarios, y él sabe –dice- leer las entrelíneas del odio: una cualidad que lo transforma en un sabueso viejo, un personaje ideal para prevenir cualquier escaramuza acá o en el fin del mundo. Su olfato animal también lo ayuda con situaciones más gratas. Con sólo escuchar veinte palabras, esta nariz –combinada con el par de orejas- sabe detectar una voz con potencial artístico, tanto es así que llegó a asesorar a Sergio Renán en el Teatro Colón.—Yo le decía a Renán: “Contratálo a éste ahora, que dentro de un tiempo te va a salir diez veces más caro”. Y no me equivocaba -explica Camilión: el hombre de los sentidos despiertos.
Lo que no debe explicarse es qué pasó, entonces, en estos últimos años. Qué tipo de rayo partió su nariz para que el mayor conflicto, el propio, le cayera del cielo –o de Tribunales, que para el caso es lo mismo- sin el más mínimo aviso.
Cuatro días antes de esta entrevista, Camilión, ex ministro de Defensa en la
década del ‘90, fue procesado por segunda vez en la causa por el pago de sobresueldos
durante el gobierno de Carlos Menem. Los cargos son “malversación” y
“peculado”, y forman parte de una causa que lo involucró en el 2004, cuando –a
propósito del escándalo por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia-
Camilión tuvo que responder por una cuenta en Suiza, a su nombre, por 2
millones 700 mil dólares. La forma de justificar que ese dinero no provenía de
un soborno por el desvío de armas fue explicar lo increíble: que él, al igual
que todos los ministros, secretarios y subsecretarios de Estado, percibía en
negro treinta mil pesos-dólar todos los meses, puestos para mejorar un sueldo
en blanco de diez mil pesos que, por lo visto, no era suficiente.
Por esta causa –sumada a la de triangulación de armas-, Camilión se transformó
en el primer ministro procesado desde el comienzo de la democracia: una cocarda
puesta a coronar un recorrido que, hasta el momento, se presumía de intachable.
Todos los problemas que Camilión no tuvo en su vida política –que comenzó con
Frondizi- se los ganó de un baldazo en los tres años de gestión menemista. Y
ahora, a los setenta y seis, sentado en un sillón de cuero negro y patricio y de
espaldas a un par de cortinas que frenan la luz del día con una afectación casi
teatral, Camilión hace todo tipo de esfuerzos por no decir que se siente un
fusible, un chivo expiatorio, o como sea que se llame a este tipo de gente, en
este tipo de casos.
—¿Lo sorprendió el procesamiento?
—Sí, porque la
cámara ahora dice exactamente lo contrario que había dicho en diciembre. Pero
en fin… En los últimos años ha habido tantas situaciones judiciales molestas
que de alguna manera estoy acostumbrado. Es una mala herencia que uno lleva… La
política no es recomendable. Esto significa un severo desagrado actual, pero el
tiempo cura todo. Y una buena sentencia posterior, naturalmente.
—En esta causa hay
figuras políticas, principalmente Carlos Menem, a las que les fue dictada la falta
de mérito. ¿Se siente un fusible?
—Algunos amigos míos creen eso... Pero yo prefiero no darme
tanta importancia, así que…
—¿No le da bronca?
—Sí, me da. Somos
sólo dos los procesados, pero la otra causa se deshace sola (N. de la R.: el otro procesado es Rodolfo Aiello, el ex
asesor de la
Secretaría General de la Presidencia ). La
mía también, pero a la otra la pusieron para que no sea demasiado notorio que
es sólo fulano. De todas formas, de ese tema no voy a hablar más. En este
momento, cualquier expresion que haga, como dicen las películas policiales,
puede ser tenida en cuenta en mi contra.
—¿Sigue sosteniendo,
como dijo a la revista Veintitrés, que si se probara la ilegalidad de ese
dinero usted lo devolvería?
—Sigo sosteniéndolo.
—Ya lo veo devolviendo
todo.
—Veremos.
—Es mucho lo que está en
juego.
—Así es.
Camilión tiene los codos sobre las rodillas y un traje de
tweed inglés que parece haber sido cortado por un sastre obsesivo en un día de
lluvia. A medio metro y frente a él, un juego de café de plata brilla pero no
deslumbra: todo este lugar inmenso –dos juegos de living y un comedor anexados-
está recargado de esta clase de objetos llegados al mundo con la única función
de destilar estátus. Aquí hay alfombras, lámparas, candelabros, platos
tallados, un piano de cola y hasta una fascinante mesa de lapislázuli –la del
comedor- que dejó bizco a Henry Kissinger cuando la vio por primera vez, en una
cena.
Casi todo lo que aquí se ve, fue traído de algún viaje. Casi
todo, salvo las flores frescas, los potus, los diarios del día sobre la mesa
ratona y el puñado de fotos enmarcadas sobre el piano, entre ellas una –quizás
la más reciente- en la que se ve a Camilión jugando con sus nietos, de traje y
corbata.
*
Camilión pudo haber sido abogado civil, como su padre. Pero en
un momento dado, ni siquiera él sabe muy bien por qué, entró en el gobierno de Arturo
Frondizi. De ahí en más, fue profesor de Derecho Político en la UBA , embajador en Brasil,
canciller durante la dictadura, subsecretario general de las Naciones Unidas y,
en términos generales, un brillante estratega capaz de jugar al TEG pero con
fichas reales.
En el medio de todo eso, el periodismo. Durante siete años,
tras sus funciones con Frondizi, fue jefe de redacción del diario Clarín y
durante un año fue además el administrador del diario: dos tareas que le quemaron
la salud sin mucho trámite.
—Renuncié. Si me hubiera quedado más tiempo me habría muerto.
Y no es una metáfora. Salí con problemas de presión, cardíacos, de
hipertensión… No puede haber tanto poder en la mano de una sola persona. No se
puede tener la conducción de la redacción y de la administración al mismo
tiempo, sin que eso a la larga no cree una incompatibilidad con la última
conducción del diario. Era algo evidente.
—¿Usted había hecho
alguna experiencia en periodismo antes de asumir en el diario?
—¡Ninguna! Por eso, cuando Noble me llamo a tomar un whisky a
su redacción pensé que me iba a ofrecer escribir sobre temas internacionales...
Y cuando me dijo que me ofrecía la jefatura me quedé estupefacto. “Quiero que Clarín
se convierta en un diario con peso sobre la vida del país, porque actualmente
es fluctuante” me dijo. Y acepté. De todas maneras, nunca se me terminó de
considerar un verdadero periodista. La mayoría me decía tordo.
—Al no ser periodista,
¿cometió errores periodísticos graves?
—No muchos, pero recuerdo uno en especial: Justo Piernes me
dijo un día que había que ir a Bolivia porque estaba el Che Guevara. “¡No puede
ser!” le digo. “Sí, tengo esa información, está en la zona selvática” me
contesta. “¿Y qué está haciendo en la selva? -le insisto-. Para hacer una
guerra campesina tiene que haber campesinos, ¡y ahí no hay campesinos! Eso es
un rumor”. Fue increíble… -se ríe-. Yo en general me he equivocado en mi vida…
algunas veces. Y casi siempre ha sido por aplicar la razón. Y al final, claro,
tenía razón Piernes. Nos perdimos la posibilidad de hacer unas notas
sensacionales.
—¿Cómo ve ahora la
relación entre gobierno y prensa?
—Hay cosas que nunca
me pasaron cuando estuve en Clarín, y que nunca hice cuando estuve en el gobierno.
Que un ministro llame a un periodista por teléfono, como hacen todos los días ahora,
me parece inconcebible. De hecho, en el último gobierno me aguanté unas
campañas tremendas por el tema de las armas, algo totalmente absurdo, y nunca
se me ocurrió llamarlo a Magnetto, a pesar de que fui yo quien lo llevó al
diario.
La causa por el contrabando de armas estalló en 1995, cuando
Alberto Fujimori –entonces presidente del Perú- se enteró de que la Argentina , uno de los
cuatro países garantes del protocolo de Río de Janeiro, le había vendido
municiones a Ecuador durante la guerra. Esas armas habían sido desviadas de su
destino final –Venezuela- y el envío había sido autorizado por Camilión, Menem,
Guido Di Tella y Domingo Cavallo. Camilión siempre aseguró que no sabía que el
destino de las armas se había torcido ilegalmente: un argumento que a Fujimori
le resultó insuficiente y que terminó con una renuncia forzada.
Cuentan sus allegados que, cuando Camilión aún estaba en el
gobierno, Elías Jassan, el entonces ministro de Justicia, le habría dicho que
no se preocupara: si lo condenaban por incumplimiento de los deberes de
funcionario público, se trataba de un delito excarcelable. “Pero yo quiero que
me declaren inocente” habría respondido Camilión. “No veo la hora de que esto
termine".
Camilión fue sobreseído en esa causa. Sin embargo, el costo
político de ese episodio fue alto: renunció a su cartera -bajo riesgo de que si
no lo hacía le abrieran un juicio político-, ningún legislador justicialista
salió a defenderlo, no volvió a cruzar palabra con Menem y hasta la embajada de
Estados Unidos dejó de invitarlo a su celebración anual del 4 de julio; es
decir que el establishment político lo tachó de la agenda.
*
Camilión es uno de los pocos políticos que tuvo una vida
académica completa. Empezó como auxiliar de docencia a los veinte años y
cumplió todos los escalafones hasta alcanzar el doctorado. En el medio, lo
despidieron de la UBA. Era
1953, le descontaron diez pesos del sueldo en calidad de “contribución
voluntaria” para hacer un busto de Evita y Camilión fue el único empleado de la UBA que pidió que le
devolvieran los diez pesos.
—Cada vez que me pedían una donación, conseguía que me la
reintegraran –cuenta con el pecho inflado.
—Tanto prurito con
Evita, y terminó con Menem.
—Y terminé con Menem
–suelta una risotada, se desinfla el pecho, después calla-. Pero Menem era la
negación de todo eso. Cuando acepté la cancillería, en 1993, él hacía lo que yo
creía que había que hacer con el país. Menem quería que la Argentina se adaptara a
la realidad y a un fin de siglo de supremacía norteamericana.
—Las famosas relaciones
carnales.
—Esa fue una frase ridícula de Di Tella, él era partidario de
las frases ingeniosas y eso es muy dañino, un canciller no tiene por qué dar frases
ingeniosas…
—Usted fue periodista,
sabe que esas frases ingeniosas son, periodísticamente, muy buenos títulos.
—Claro, es un título hermoso. Por eso yo siempre le dije a mi
gente que nunca hiciera declaraciones con menos de catorce palabras. Pero
volviendo al tema, yo creía que la reubicación internacional de la Argentina era necesaria,
y por otra parte estaba muy de acuerdo con la política de inversión en el
sector de infraestructura del país. Y eso que yo no era particularmente del mismo
pozo que los otros sapos. De eso no hay duda. Nunca entendí el modo de hacer
política de los peronistas. Pero Menem era y es un caso muy especial.
—¿Cómo es Menem?
—Es un tipo muy inteligente. Siempre hubo una tendencia a
subrayar algunos aspectos de su personalidad que se prestaban mucho a la
caricatura y la subestimación, pero la verdad sea dicha: como presidente era
muy respetuoso de las decisiones de sus ministros. Con Menem, era un error si
uno lo consultaba demasiado. A veces parecía que le resultabas pesado. Le
gustaban las líneas generales de la acción de gobierno, pero no los detalles.
—¿Cómo eran las
reuniones de gabinete?
—Muy buenas, muy
informativas. El único problema que había era que las exposiciones de Cavallo
eran demasiado largas. Es un hombre enormemente informado y con una capacidad
de retener datos burocráticos fuera de lo común. Y realmente se excedía.
—¿Y qué hacía Menem?
—¡Ah…! Lo seguía atentamente. Y también intervenía muy
activamente. Menem en una conversación privada por ahí a los cinco minutos
empezaba a cabecear, pero en una reunión de gabinete estaba con los ojos muy
abiertos.
—¿Cómo que cabeceaba?
—Ah, sí. Ni bien le dejaba de interesar lo que le estabas
contando, te cabeceaba. Por eso uno aprendía a ser muy suscinto.
—Pensando en los
gabinetes de Menem, no hay uno solo sin prontuario. ¿Qué pasó?
—Creo que en el caso
de Menem hubo una técnica opositora. La política del Frepaso fue
fundamentalmente orientada a cargar ese aspecto y la prensa se plegó de una
manera muy entusiasta.
—¿Usted dice que todo
fueron operaciones?
—No, sin dudas hubo en el gobierno de Menem cierto descuido… Y
una de las razones fundamentales es que había demasiadas inversiones y
participación del Estado en las inversiones. No se invertía en galletitas sino
en aeropuertos, caminos… Había mucha materia prima y mucha posibilidad de que
hubiera márgenes reales o imaginarios para buscar irregularidades. Si un
gobierno hace menos cosas, hay menos materia prima.
—¿No cree que el país
pagó un precio altísimo por esas inversiones?
—En algunos casos seguramente sí hubo irregularidades. Pero no
en mi cartera. Nosotros hicimos en el Ministerio de Defensa el acuerdo con Lockheed
y nadie observó nada turbio, y eso que estábamos hablando de 500 millones de
dólares.
—Es posible que de usted
se recuerde sólo la parte judicial, ¿lamenta cerrar así su carrera?
—Por supuesto que lo
lamento enormemente. Tengo 76 años, de manera que estoy decididamente en edad
de jubilacion política. Pero en fin. No vale la pena perder más tiempo en el
autoanálisis.
—Menem tiene su edad y todavía
quiere ser presidente.
—Menem también está en edad de jubilación política. Creo que
si sigue insistiendo es más por diversión que por otra cosa.
—Quizás sea ceguera.
—Sí, sí: el poder ciega. Y es peligroso. En nuestro tiempo
tenemos la suerte de que los gobiernos, por lo menos en esta parte del mundo,
no son particularmente tiránicos. Pero si usted repasa la historia, la galería
de criminales más siniestros que existe en cualquier profesión está en los
jefes de Estado. Los reyes y los emperadores han hecho atrocidades porque han
actuado a sus anchas, solos.
—La famosa soledad el
poder.
—Exacto. De todas
formas, los que le dedican la vida al poder, genuinamente, son muy pocos. Menem,
Duhalde y Alfonsín, por ejemplo. Se trata de políticos químicamente puros. Sólo
piensan en eso.
—Menem en realidad
pensaba también en River, en Claudia Schiffer… parecía más disperso.
—No, no. Cuando él veía un partido, o jugaba al golf, o
escuchaba un tango de Adriana Varela, esos eran, diríamos, los intervalos
lúcidos.
Camilión también tenía, y tiene, sus intervalos lúcidos.
Cuando el ministerio le implotaba en la cabeza, se quitaba el traje, tomaba los
palos y se iba al Olivos Golf Club. Empezó a jugar en los ’70, cuando dejó
Clarín y se embarcó –por prescripción médica- en una vida asceta. No comía
dulces, no usaba sal, no tomaba vino. Quiso jugar al ténis. “Si jugás te da un
infarto -lo previno el médico-. Sólo podés caminar”. Y así empezó con el golf:
las lomas verdes, el hoyo al fondo.
Sobre el piano del living hay fotos enmarcadas y en esas fotos
–en algunas- está Camilión en aquellos tiempos. Se ve a un hombre de cuerpo
esbelto y a la vez compacto, con la cara rubia por el sol, posando con su
elegante mujer y sus cuatro hijos, que ya son grandes.
María Laura es economista y vive en París; Carlos es ingeniero
electrónico y vive en Miami; Susana es abogada y vive parte en Brasil y parte
en Argentina. Y el cuarto es Juan Camilión, músico y ex okupa en Amsterdam; un
individuo capaz de escribir en internet –y en inglés- frases como “nos
dedicamos al vicio”, “ustedes no tienen idea de lo que han sido las
imposiciones en mi vida”, “adoro a las mujeres” y “la máquina –en referencia a su padre- ¡hasta habla ruso y alemán!”.
—Es su hijo bohemio.
—En alguna medida lo
fue. Y si ahora usted va a la computadora y pone “Juan Mutant”, que es su
seudónimo, le va a aparecer una gran cantidad de discos de él. Que por supuesto
se… se venden, ¿no? Se bajan.
—¿Alguna vez se opuso a
que hiciera música?
—Quizás al principio. Pero él… le hicieron dos test
consecutivos y salió, cosa que es muy rara y se quedaron asombrados los médicos,
100 por ciento vocación musical. No le interesa nada más que eso. Es decir,
ahora sigue algunas cosas de la política internacional, como ha estado conmigo
en Chipre y Medio Oriente le interesa bastante, pero él… Lo suyo es una mezcla
de minimalismo clásico con rock. Esa música reiterativa, un poco hipnótica, que
se interrumpe bruscamente. No es mi…
—¿Cómo reaccionó usted
cuando supo que Juan estaba de okupa en Holanda?
—Lo único que me preocupaba era el tema de seguridad y desde
luego el tema droga. Esa generación
lamentablemente… No hay la menor duda de que la droga rompe la cabeza. Pero…
mire, un tema de gabinete constante que aparecía dos veces por mes era el del
narcotráfico. Ahí yo aprendí bastante. Sobre todo sobre lo nocivo de los ácidos
que son tan destructivos, ¿no? Realmente.
—¿Usted nunca probó
nada?
—No. En mi generación no existía el problema. Es cierto que en
el tango estaba el famoso cocó, y que en el mundo periodístico estaba el
problema de la cocaína. El subdirector de Clarín, Caminos, que había vivido de
joven la gran época de Crítica, contaba que ahí se daban sus nariguetazos. Pero
no contraían el vicio, parece. Y en cuanto a mi generación, no he tenido un
solo amigo o compañero de colegio adicto. Y mis hijos mayores tampoco tuvieron
ningún compañero.
—¿En la actividad
política no se consume droga?
—No creo…
—Están los famosos
nariguetazos de Lestelle.
—Sí… sí. Él tenía una referencia muy específica, además. Y
creo que esas referencias eran acertadas. Pero me parece que eran problemas muy
puntuales. Yo la verdad que nunca ví a alguien en estado crítico por consumo de
drogas. Si quiere le cuento lo que se decía en la OEA sobre este tema…
Camilión es de esa gente que busca consuelo y protección en la
teoría. Puede llenar el vacío con bolsas enteras de palabras con contenido, una cualidad que solo se
permiten las personas escandalosamente informadas. A los 76 años, por ejemplo,
Camilión está estudiando un sexto idioma, el alemán, y lee best séllers en
inglés (“porquería de literatura”, los llama) para dominar mejor el slang.
Su pasión, además, es la opera y la música clásica: es el
mayor coleccionista de audio y videos que hay en Buenos Aires. Para llegar a su
reducto –el lugar en el que Camilión descansa al menos una vez al día- hay que
atravesar el living, cruzar un pasillo y entrar en una doméstica y urbana
cámara secreta: un pasillo alfombrado de color azul que desemboca en un cuarto
forrado de cómpacts, videos y discos de pasta. Allí hay también un home theater, un sillón, una planta.
—Creo que como forma de arte –dice de pie, y en tono
disertante- la ópera une dos cosas fundamentales: el teatro griego y la
creación musical occidental. Entonces usted ve la Incoronazione di Poppea, por ejemplo, que es obra
notable, una historia muy cínica donde triunfa el mal, hecha por un gran poeta
que se llama Giovanni Busenello, que es de una contemporaneidad estremecedora…
y es… es una opera en la que triunfa el mal, ¿no? Y a la vez es
maravillosamente atractiva.
—¿Ha llorado con la ópera?
—Siiiiiiii. Muy frecuentemente. A veces lloro solo, como un
estúpido.
Minutos después, Camilión recitará su colección con el mismo cuidado
con el que habla de sus hijos: aquí están las suites de violoncello de Bach,
las operas piratas, los discos de Cura, la ópera, el ballet, la música de
cámara y sinfónica, las voces masculinas, las voces femeninas, los sopranos y
los mezzos, las lieder, la melodie française, la canción rusa, todo Schuber,
todo Schumann, todo Brahms, todo Debussy, todo. Acá está todo.
Está, sentado en un sillón, este hombre de ojos que a veces
lloran.
Mira a lo lejos, quién sabe adónde está mirando.
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